*CONEXIÓN CASTILLITO*

Katalonien

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 09/10/2017
casa grande

casa grande

El otro día, un colega sueco me invitó a enviarle un artículo de opinión para una conocida revista de su país sobre lo que está ocurriendo en España. Un artículo serio, con lo difícil que es eso. Me dijo cuántos caracteres necesitaba, preguntó por la familia y poco más. Acepté el reto, sí, sin pensar que podría perder amistades, yo, que soy alérgico al polvo.

Estresado, respiré profundamente tres veces, activé algún chakra y comencé a teclear como un poseso. Las primeras líneas narraban las detenciones masivas de esos hosteleros que defraudan a la seguridad social con tal descaro que incluso amenazan a sus trabajadores si abren la boca. De ahí, salté a las cargas policiales que se suceden aquí, cada vez con mayor contundencia, contra los banqueros que se saltan la ley, robando y apropiándose multimillonariamente de dinero público para salvar sus culetes ineptos. Y luego, en el siguiente párrafo, describí las manifestaciones pacíficas que alientan a las fuerzas de seguridad a acabar con los que falsean la declaración de la renta año tras año; ésos que, aunque parezca que hacen algo legítimo, lo que están provocando es una fractura del sistema. Tras un punto y aparte misterioso, relaté cómo tiraban por las escaleras, de forma proporcionada, a unos políticos muy valientes que se sentaban y resistían a cara de perro defendiendo a unas personas que tras ellos, votaban cosas ilegales.

Una vez terminado, lo releí todo, tirité y comprendí que debía decirle a mi colega sueco que me rendía, que esto no es lo mío, que yo sólo escribo artículos municipalistas, o provincianos como mucho. Pero me dije, “qué demonios, por qué no, si me lo van a traducir al sueco y la gente aquí sólo pillará palabras como Katalonien, Spanien o Rajoy en un contexto indescifrable”. En realidad, no me dije “qué demonios”, porque es una expresión que nunca uso, pero quedaba bien abriendo el entrecomillado. El caso es que le di a eliminar y empecé de nuevo, ahora, hablando de banderas y muros transparentes.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (9 de octubre de 2017)

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Barriendo barriadas

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 25/09/2017
columna

columna

Mientras os molestáis en hablar de la relación etimológica entre los términos referéndum y fútbol deluxe, leo la noticia de que a la barriada de José Antonio, la que está al lado del cementerio, le quedan pocos telediarios. El fin de esta favela en miniatura os resultará poco relevante, pero a mí me sirve para retrotraerme a mi época de reporterillo, cuando la actualidad me hacía rodar de vez en cuando por sus cuatro callejuelas.

En una ocasión, aparecí por allí, en pleno verano, a las cuatro de la tarde, para hacer una crónica sobre la escolta policial que habían impuesto a los barrenderos municipales, tras sufrir unas supuestas agresiones. Caminar por sus calles bajo el sol criminal era como estar en una escena crepuscular de película del oeste: silencio devastador, polvo revoloteante, miradas desconfiadas. El único espacio con vida aparente era un pálido quiosco de helados, cuyos parroquianos me trataban como si fuera un agente secreto (y eso que les dije la verdad). Mientras esperaba a que aparecieran los dos barrenderos junto al patrullero, decidí adentrarme en la calle central del barrio. Un zombie con aspecto de yonqui apareció de la nada y me pidió unas monedas, sin ánimo de ofender, afirmando que era mejor pedirlas que robarlas. Mi sonrisa imbécil me traicionó y me sentí obligado a darle las monedas. Cuando aparecieron los barrenderos, barriendo tranquilos, me contaron que no les sonaba lo de las agresiones. Varias patrullas pasaron por el barrio, pero ninguna escoltó a nadie.

Durante muchos años, José Antonio ha sido una barriada alfombra: se barre a su alrededor, la levantan y bajo sus cimientos rebosantes arrojan los escombros del sistema. Y ahora que la van a derribar, habrá quien crea que su espíritu quedará sepultado para siempre, como en un cementerio indio. Como si fuera difícil encontrar nuevos barrios alfombra para que, mientras seguís hablando de democracia y esas cosas, se pueda seguir barriendo y todo a su alrededor quede bien limpito y reluciente.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (25 de septiembre de 2017)

Un prejuicio

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 11/09/2017
atardecer

atardecer

Como mis conocimientos jurídicos rozan lo imperdonable y mi moral periodística hace aguas, me voy a dar el gusto de apostar por la inocencia de Juan Clavero. Así, tal cual; un prejuicio total, sin esperar a las investigaciones, sin leerme el sumario, sin hablar con los testigos, sin respetar el resultado del referéndum. Voy a dar por sentado que Juan, ecologista de renombre en la provincia (y compañero columnista de esta misma sección), ha sido víctima de una trampa con la cual se pretendía, básicamente, amedrentarle y desacreditarle públicamente como defensor de la naturaleza, a parte de joderle un rato. Alguien quiso crear, a su costa, la figura del narco-ecologeta, sin caer en la cuenta de que aquí hay mucha gente que puede decirte, a ciencia cierta, quién vende coca y quién no.
Doy por hecho que el origen de la fechoría está en la tradicional cabezonería de los ecologistas, que no dejan de denunciar barbaridades contra el entorno público y natural, sin cobrar un duro por ello, simplemente por amor, y por tanto, sin obedecer a intereses personales o comerciales. Cuando esas barbaridades las comete gente intocable en nombre de la rentabilidad y de la codicia, se pincha en hueso y comienza una batalla ancestral en la que casi siempre pierden los mismos; aunque de vez en cuando, por gente como Clavero, con esfuerzo y sufrimiento, se obtengan importantes victorias para el bien común.
Precisamente, como mis conocimientos jurídicos rozan lo patológico, y no he leído los expedientes ni los sumarios del caso, lo que no me atrevo es a aventurar los nombres de los posibles autores materiales o instigadores de la supuesta trampa. Ahora mismo no tengo abogado, por lo que, si no quiero meterme en problemas, lo más que puedo hacer es pixelar las caras del esbirro, del secuaz, del capataz, del factótum, del gerente, del testaferro, del que mira para otro lado, del consigliere, del dueño de la totalidad y hasta la del logotipo oficial. Y distorsionar sus voces. No se vayan a ofender.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (11 de septiembre de 2017)

La familia feliz del verano (versión completa)

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 04/09/2017

I

Por la cuesta del Aquasherry, vemos bajar a toda velocidad un tanque climatizado, disfrazado de todoterreno rociero. Si pudiéramos acercarnos, veríamos en su interior a dos adultos y tres menores haciendo como que cantan felices como pascuas. Es nuestra familia protagonista y perfecta, que llega a la ciudad, tarareando zarzuelas completas, para pasar un mes entero entre nosotros. Llegan cargados de dólares y pretenden, voluntariamente, darle al play de la compungida economía local.

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Teatro Romano de Acinipo

En un barrio desportillado, alquilaron hace tres meses un apartamento turístico con mueble bar, servicio de habitaciones e inhibidores de frecuencia. Requisito indispensable: no debe tener piscina en forma de corazón ni animador sociocultural trilingüe licenciado en periodismo. Lo que buscan es ejercer la caridad en un barrio exótico que huela a puchero y donde la gente hable a gritos, como en los documentales.
Tal y como estaba estipulado en el contrato, lo que les recibe en el umbral de la casapuerta es un grupo itinerante de mariachis aflamencados, que se marcan unos tanguillos muy de la zona. Los músicos parecen haber cotizado en diferido. Quizás por ello, a los niños les da reparo aplaudir. Sus padres, sin perder un segundo, se distraen sacando del coche los sacos de ropa y los arcones de productos reafirmantes y rehidratantes.
El patriarca le pide al botones información de todos los eventos de pago que haya en agosto. Los tres hijos quieren ir a la playa, pero la madre se niega porque es gratis. Mejor será ir al parque acuático que vieron al llegar. Economía, niños, economía, recita la madre a sus tres hijos. Éstos, sentados en paralelo en el sofá, comienzan a rascarse la barriga al compás. El padre, finalmente, organiza en voz alta el plan a seguir en los próximos treinta días: mucha marcha, mucha marcha, dice el hombre, tremendamente obsoleto. Su familia, a su debido momento, se reirá del plan. Pero por ahora, asentirán como buenos miembros de familia feliz.

II

Hace quince días, narrábamos la llegada de la familia feliz del verano a la ciudad, que venía en son de progreso triunfante. Madre, padre y tres hijos de edad aborregada gentrificaban un piso en un barrio mustio y planificaban un mes de ocio non stop de calidad suprema.
Así pues, lo primero que hacen todos los días, a la hora de la siesta, es ponerse en la cola del museo de La Mar y El Vino, colosal infraestructura que cuenta con un fondo ingente de carteles explicativos. Como muchos otros, nuestra familia también adora los paneles interactivos y los auriculares retro con audioguía en siete lenguas. Pero tanto rato pasan en la fila que la madre termina entablando amistad con el guardia de la ecotienda de souvenirs mientras sus hijos dibujan un plano perfecto de los baños, de tanto entrar -dicen- a mirarse los granos. El padre, a lo suyo, se entretiene subrayando erratas en el prospecto-web del museo.

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Teatro Romano de Acinipo

Sin embargo, nunca entran. Siempre les entra el pellizco del aperitivo justo cuando quedan por delante tres interesadísimos museófilos con camisetas del Liverpool. De forma que cada noche, salen despavoridos hacia la terraza del mejor bar posible, vomitados sobre la única mesa disponible de todo el universo tangible. No sin antes recurrir al despilfarro y aflojar varios billetes a la aparcacoches sueca que les cuida el tanque camuflado.
Cada noche, una misma camarera les recibe con una genuflexión y saluda cumpliendo escrupulosamente con la ley laboral. A continuación, les ofrece la carta de alérgenos con retazos de comida (la bebida siempre es la misma: glutamato cero para los cinco). Esta noche eligen, por coquetería, unos cuenquitos de conservantes gluten free y tostas de anisakis pasteurizados. Cierto es que no les hace mucho chiste, pero el patriarca -y esto es lo importante- acaba pagando con una tarjeta tan altruista como su sonrisa. La sonrisa de quien perdona la vida del proletariado por puro amor vacacional.

III

Llega entonces el final de esta alambicada historia, en la que, a lo largo de todo un mes, nuestra familia feliz ha ido prorrateando sonrisas y bonhomía a diestro y siniestro, salvándonos de la podredumbre y la desesperación total. Han consumido hasta quedar sin aliento, han pagado impuestos, tasas y viandas autóctonas, han donado propinas en sobres firmados, se han dejado timar, han olvidado billetes bajo el platito de aceitunas. Incluso, han admirado -aun siendo gratis- el perfil de la pasarela peatonal. Ellos sí que saben disfrutar.

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Teatro Romano de Acinipo

Es cierto que la madre siente tristeza por no haber logrado un selfie con el alcalde en la ópera. También es cierto que el padre ha sido vetado en la web de alojamientos alternativos por compartir ovaciones sobre el piso alquilado en el barrio alicaído -adorable el ventanal que da al patinillo-. Y no menos cierto es que los tres hijos han acabado abducidos hasta la glotis por un juego epifánico sin publicidad, aprovechando los tiempos muertos entre gala y gala, museo y museo, conferencia y conferencia. Pero después de todo, anoche, mientras hacían inventario de mondadientes y otras piezas de recuerdo, todos concluían que el plan trazado por el padre en pos de unas vacaciones altruistas había sido, a todas luces, perfecto. Y aplaudieron al padre, gordo de filantropía. Impagable escena.
Pues así, y no de otra manera, sube ahora nuestra familia feliz del verano por la cuesta del Aquasherry en su tanque climatizado, disfrazado de todoterreno rociero, camino de algún lugar con menor tasa de desempleo. Si nos acercáramos, veríamos a través del cristal a dos adultos con mirada de Excel, poniendo rumbo a septiembre, y detrás, a tres niños escupiendo dogmas fantásticos sin ton ni son, descojonándose de cómo conducen los portuenses, tan pequeñitos y graciosos. Y si pudiéramos adentrarnos en el coche, oiríamos una canción de Enya a la que nadie, nunca, le presta atención (pero es lo que suena con los créditos finales de esta feliz historia).

Fin.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (los días 31 de julio, 14 y 28 de agosto de 2017

 

La familia feliz del verano (y III)

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 28/08/2017
geometría

geometría

Llega entonces el final de esta alambicada historia, en la que, a lo largo de todo un mes, nuestra familia feliz ha ido prorrateando sonrisas y bonhomía a diestro y siniestro, salvándonos de la podredumbre y la desesperación total. Han consumido hasta quedar sin aliento, han pagado impuestos, tasas y viandas autóctonas, han donado propinas en sobres firmados, se han dejado timar, han olvidado billetes bajo el platito de aceitunas. Incluso, han admirado -aun siendo gratis- el perfil de la pasarela peatonal. Ellos sí que saben disfrutar.
Es cierto que la madre siente tristeza por no haber logrado un selfie con el alcalde en la ópera. También es cierto que el padre ha sido vetado en la web de alojamientos alternativos por compartir ovaciones sobre el piso alquilado en el barrio alicaído -adorable el ventanal que da al patinillo-. Y no menos cierto es que los tres hijos han acabado abducidos hasta la glotis por un juego epifánico sin publicidad, aprovechando los tiempos muertos entre gala y gala, museo y museo, conferencia y conferencia. Pero después de todo, anoche, mientras hacían inventario de mondadientes y otras piezas de recuerdo, todos concluían que el plan trazado por el padre en pos de unas vacaciones altruistas había sido, a todas luces, perfecto. Y aplaudieron al padre, gordo de filantropía. Impagable escena.
Pues así, y no de otra manera, sube ahora nuestra familia feliz del verano por la cuesta del Aquasherry en su tanque climatizado, disfrazado de todoterreno rociero, camino de algún lugar con menor tasa de desempleo. Si nos acercáramos, veríamos a través del cristal a dos adultos con mirada de Excel, poniendo rumbo a septiembre, y detrás, a tres niños escupiendo dogmas fantásticos sin ton ni son, descojonándose de cómo conducen los portuenses, tan pequeñitos y graciosos. Y si pudiéramos adentrarnos en el coche, oiríamos una canción de Enya a la que nadie, nunca, le presta atención (pero es lo que suena con los créditos finales de esta feliz historia). Fin.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (28 de agosto de 2017)

Lea el primer capítulo de este relato aquí. Y el segundo capítulo, aquí

La familia feliz del verano (II)

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 14/08/2017
herradura

herradura

Hace quince días, narrábamos la llegada de la familia feliz del verano a la ciudad, que venía en son de progreso triunfante. Madre, padre y tres hijos de edad aborregada gentrificaban un piso en un barrio mustio y planificaban un mes de ocio non stop de calidad suprema.
Así pues, lo primero que hacen todos los días, a la hora de la siesta, es ponerse en la cola del museo de La Mar y El Vino, colosal infraestructura que cuenta con un fondo ingente de carteles explicativos. Como muchos otros, nuestra familia también adora los paneles interactivos y los auriculares retro con audioguía en siete lenguas. Pero tanto rato pasan en la fila que la madre termina entablando amistad con el guardia de la ecotienda de souvenirs mientras sus hijos dibujan un plano perfecto de los baños, de tanto entrar -dicen- a mirarse los granos. El padre, a lo suyo, se entretiene subrayando erratas en el prospecto-web del museo.
Sin embargo, nunca entran. Siempre les entra el pellizco del aperitivo justo cuando quedan por delante tres interesadísimos museófilos con camisetas del Liverpool. De forma que cada noche, salen despavoridos hacia la terraza del mejor bar posible, vomitados sobre la única mesa disponible de todo el universo tangible. No sin antes recurrir al despilfarro y aflojar varios billetes a la aparcacoches sueca que les cuida el tanque camuflado.
Cada noche, una misma camarera les recibe con una genuflexión y saluda cumpliendo escrupulosamente con la ley laboral. A continuación, les ofrece la carta de alérgenos con retazos de comida (la bebida siempre es la misma: glutamato cero para los cinco). Esta noche eligen, por coquetería, unos cuenquitos de conservantes gluten free y tostas de anisakis pasteurizados. Cierto es que no les hace mucho chiste, pero el patriarca -y esto es lo importante- acaba pagando con una tarjeta tan altruista como su sonrisa. La sonrisa de quien perdona la vida del proletariado por puro amor vacacional.
(Dentro de quince días, el final de la historia -ver aquí).

(El capítulo anterior, aquí).

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (14 de agosto de 2017)

La familia feliz del verano (I)

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 31/07/2017
moscas

moscas

Por la cuesta del Aquasherry, vemos bajar a toda velocidad un tanque climatizado, disfrazado de todoterreno rociero. Si pudiéramos acercarnos, veríamos en su interior a dos adultos y tres menores haciendo como que cantan felices como pascuas. Es nuestra familia protagonista y perfecta, que llega a la ciudad, tarareando zarzuelas completas, para pasar un mes entero entre nosotros. Llegan cargados de dólares y pretenden, voluntariamente, darle al play de la compungida economía local.
En un barrio desportillado, alquilaron hace tres meses un apartamento turístico con mueble bar, servicio de habitaciones e inhibidores de frecuencia. Requisito indispensable: no debe tener piscina en forma de corazón ni animador sociocultural trilingüe licenciado en periodismo. Lo que buscan es ejercer la caridad en un barrio exótico que huela a puchero y donde la gente hable a gritos, como en los documentales.
Tal y como estaba estipulado en el contrato, lo que les recibe en el umbral de la casapuerta es un grupo itinerante de mariachis aflamencados, que se marcan unos tanguillos muy de la zona. Los músicos parecen haber cotizado en diferido. Quizás por ello, a los niños les da reparo aplaudir. Sus padres, sin perder un segundo, se distraen sacando del coche los sacos de ropa y los arcones de productos reafirmantes y rehidratantes.
El patriarca le pide al botones información de todos los eventos de pago que haya en agosto. Los tres hijos quieren ir a la playa, pero la madre se niega porque es gratis. Mejor será ir al parque acuático que vieron al llegar. Economía, niños, economía, recita la madre a sus tres hijos. Éstos, sentados en paralelo en el sofá, comienzan a rascarse la barriga al compás. El padre, finalmente, organiza en voz alta el plan a seguir en los próximos treinta días: mucha marcha, mucha marcha, dice el hombre, tremendamente obsoleto. Su familia, a su debido momento, se reirá del plan. Pero por ahora, asentirán como buenos miembros de familia feliz.
(Continuará en quince días -lea el siguiente capítulo aquí).

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (31 de julio de 2017)

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Tradición

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 17/07/2017
radios

radios

La tradición me recuerda que ayer fue el día de la patrona de los marineros, y por tanto, el santo de mi madre. O al revés, me acordé de que era el santo de mi madre porque coincide con el día de los marineros. Yo no celebro ni las patronas ni los santos (los cumpleaños, sí). Cuando niño, la gente, en general, me felicitaba por mi santo cuatro veces al año, por lo menos. Nadie acertaba la fecha correcta, que era el dos o el tres de mayo, no recuerdo bien. Mi abuela paterna, Leontina, era quien se sabía el día concreto. Solía regalarme una moneda. Una vez, me regaló una de quinientas pesetas. A día de hoy, no celebro ni mi santo ni el patrón de los periodistas, que no son rentables (ni el patrón, ni los periodistas ni San Alejandro Papa). Ya no felicito a nadie. Ni a mi madre. No por esnobismo, en absoluto, sino por ignorancia desinteresada. Prefiero preguntar antes que felicitar. Pregunto quién fue San Alejandro Papa y nadie me contesta. No quiero buscarlo en Google. Quiero que alguien me cuente quién fue, cuándo nació y dónde (a qué se dedicaba, no hace falta), qué hizo para ser santo. A ver si me parezco. Si tengo algún elemento común con él, puede que me replantee el concepto de las festividades, como la de ayer, día de la patrona protectora de los marineros. Los marineros fueron multitud en esta ciudad hasta hace unas décadas. Hoy ya no. Hoy queda el fervor y la tradición y las terrazas de los bares. Hoy las multitudes portuenses no se embarcan, efectos de la globalización, la tilapia, el panga y el Mercadona. Hoy son multitud otras gentes, que ansían, sin menoscabar la de ayer, la protección de su patrona particular: la de las camareras, la de los desempleados, la de las abuelas kanguro. Puede que ya existan, pero lo que no tienen son procesiones. Y no se por qué. Tendrían muchos seguidores y se llenarían las terrazas de los bares más a menudo. La rentabilidad es condición indispensable para el mantenimiento, en la actualidad, de una auténtica tradición.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (17 de julio de 2017)

Las colillas y los niños C

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 03/07/2017

IMG_3559He visto a niños C lanzar colillas a la arena de la playa de Tannhäuser, que luego, muchas pero no todas, se perderán, como lágrimas en la lluvia, con la marea y los temporales de levante. Les he visto contarlas una a una, como quien cuenta ovejitas eléctricas para dormirse, por la simple diversión de cuantificar su propia inmundicia. Claro que también les he visto sembrar cuidadosamente botellas, plásticos y envoltorios vacíos, con la esperanza de que los androides los cosechen con éxito al día siguiente, los traten y los transformen en ladrillos de acetato de celulosa, para construir bellos rascacielos, estaciones intermodales o resplandecientes palacios de congresos en desuso.
He visto niños C discutiendo con sus dispositivos móviles, que se han declarado en rebeldía por exceso de jornada y condiciones laborales pésimas. Les he visto tomar el sol escondiendo sus cabezas y prestando nula atención a sus congéneres, que se pasan el día revolcándose en la arena como si fueran cerdos enharinados. Les he visto amonestar a sus padres por hablar de metapolítica con la boca llena y luego bañarse sin hacer la digestión. He visto a esos niños C competir contra familias enteras por un hueco en la arena seca para plantar sus sombrillas retráctiles y sus neveras iridiscentes y sus equipos de alta fidelidad y sus mesas y sillas y sus estandartes y sus bibliotecas y sus aparadores y sus baúles y sus armarios empotrados. He visto niños C gesticulando como caciques, gritando a los camareros con alaridos que alcanzarían Andrómeda antes que la luz, para reclamar sus derechos conculcados como consumidor civilizado. He visto niños C batirse en duelo con otros niños C, en sus coches en llamas, luchando por una plaza de aparcamiento libre más allá de Orion.
He visto cosas que vosotros, gente, no creeríais. Todos esos niños C, trajeados y perfumados, implorando respeto por sus sueños alienígenas que brillan en la oscuridad, mientras claman: “replicantes, es la hora de ir a la playa”.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (3 de julio de 2017)

Entrevistas folclóricas

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 19/06/2017

IMG_2771La entrega de currículos en un bar de copas para optar a un empleo medianamente público de socorrista de playa es, cuando menos, un hecho folclórico. La noticia, recientemente conocida, me hace recordar una historia que me ocurrió a mí hace ya muchos años y que os quiero contar aunque no tenga nada que ver, salvo por lo folclórico, y sin afán de ser moralizante.

Un día, un humano me citó para una entrevista de trabajo en un conocido restaurante de El Puerto. Llegué con puntualidad cuántica a la una y treinta de la tarde y me recibió acodado en la barra, con una cerveza a medio tomar y unas patatas fritas a medio acabar. Tras pronunciar mi nombre real, nos dimos un fuerte apretón de manos, como si hubiéramos firmado un negocio redondo.

Entonces me hizo la primera pregunta, y última, de la entrevista: ¿Qué tomas? Un zumo de naranja, contesté, sabiendo que si pedía alcohol condicionaría la opinión que tendría de mí. A partir de ahí, la cita se convirtió en un monólogo con una cantidad inverosímil de andanzas, entuertos y anécdotas poco digeribles. En más de una ocasión, traté de interrumpir su larga exposición de motivos, para humanizar mi talante y dejarle claro que yo también tenía opiniones e incluso podría estar de acuerdo en su tesis sobre la falta de agua en Marte. En alguna pausa efímera, solté un rápido “ah, sí, eso es verdad”, pero él hizo caso omiso, con la mirada perdida en la entrada de los baños e inmediatamente dio un trago a la cerveza. En seguida cambió de tema y comenzó a darme explicaciones sobre por qué sus hijas preferían la gimnasia rítmica a las clases de guitarra.

Mi currículum, guardado en una fina carpeta negra, iba entrando en combustión. Comencé a dar sorbos lentos al zumo: algo tenía que hacer para no parecer el nieto de aquel humano. De pronto, se irguió sobre el taburete, pidió la cuenta y con una enorme sonrisa, me volvió a dar la mano, y sin soltarla, me invitó a su oficina dos días más tarde. Folclóricamente, conseguí el trabajo y yo sin saber por qué.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (19 de junio de 2017)