Monumento al vandalismo

Para quien no lo haya visto, hay en la entrada a El Puerto, por la parte del río, un enorme monumento al vandalismo que quiso ser un aparcamiento subterráneo la mar de bonito. Lleva años así, a la intemperie, como huerta de hierbas salvajes y hábitat de fauna urbana. Ahora quieren devolverle, de la manera más aproximada, la imagen que tenía antes, ya que al final no hay quien quiera meterle mano para meter coches. Siempre hubo oposición a la construcción de este parking, tanto a nivel político como ciudadano, pero comenzaron las obras y se quedaron a la mitad.

El derrotismo imperante y la desesperación por cazar turistas que se dejen el dinero en los bares y en los hoteles presionan para que la construcción se termine. Se habla de que, tal y como está, no es una carta de presentación presentable para una ciudad que se considere turística. De ahí que ahora, el gobierno local trate de recuperar lo que había antes, o por lo menos, que no haya boquetes ni charcos pestilentes.

Sin embargo, tengo que decirlo, a mí me gustan los espacios abandonados. Son el símbolo de lo que se quiso y no se pudo tener. Sirven para estudiar el pasado. Incluso, si se tuviera una visión más amplia del turismo, siempre podrían hacerse visitas guiadas de pago, para mostrar a la gente de fuera cómo se hacen las cosas aquí. Los carteles explicativos, en varios idiomas, serían tan importantes para el público como para el gremio de cartelistas. Además, servirían para explicarnos, a la población en general, qué carajo han hecho los sucesivos gobiernos para llegar a este punto, pues es algo muy misterioso que se muevan tanto millones de euros y no haya nadie dimitido o condenado.

No sé qué problema le ven a una obra desahuciada en la entrada principal de la ciudad. ¿Acaso, si llegas a París o a Londres y ves una obra pública, te das media vuelta porque no te gustan las montañas de escombros y las señales que desvían el tráfico? La gente pensará que es un claro signo de progreso.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (10 de enero de 2022)

El buen apocalipsis

No, no es el futuro lo que tenemos por delante. Es el presente que ya está aquí. ¿No te das cuenta? Hemos dejado de consumir tonterías. Hace tiempo de que dejamos de comprar lo que nos venden los anuncios. De hecho, ya no vemos ni anuncios. Es más, es que no hay ni anuncios. Aún diría más, no hay ni empresas anunciantes ni periódicos donde poner anuncios. De hecho, hace tiempo que los periódicos perdieron su lugar y mis artículos, estos artículos, no los lee nadie, sino que los oye mi entorno cuando los recito en público.

Lo que no hay manera de cambiar, ni con pandemias ni cambios climáticos ni alcaldes influencers, y mucho que me duele, es que seguimos yendo a la playa los domingos y tirando los envases al suelo. ¡Hasta cuándo!

Nos hemos olvidado del café de Colombia, de la perca del Nilo, de los boquerones asiáticos y los microchips que cruzan medio mundo, y basamos nuestra dieta en la remolacha, la uva, la retinto, la payoya y las acedías. Al no haber chips, nos comunicamos de nuevo a viva voz, y nos entretenemos con cantes propios y en ferias y corrales de comedias. Solo conservamos la alta tecnología para las urgencias médicas, pues el paracetamol de hierbas y el orfidal de hongos cumplen bien su función. Se acabaron los viajes siderales de bajo coste, los cruceros que no van a ninguna parte y hemos vuelto a movernos en bicicleta, carromato o barcas de madera. Adoptamos rituales ancestrales que nos protegen, que saben leer nuestro porvenir o, al menos, que nos regalan alientos de esperanza. De pronto, volvemos a respetar y admirar a la gente anciana, las escuelas sirven para enseñar y la universidad recupera su esplendor como fuente y pozo de saber. Hemos abandonado la discriminación y por fin el egoísmo y el individualismo se consideran, no solo pecados, sino conceptos del pasado, permitiendo que el comercio sea salubre y solidario, que la gente se cuide y se apoye entre sí para superar los obstáculos de la vida. Qué suerte hemos tenido con el último apocalipsis.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (27 de diciembre de 2021)

Dignityland

No todo es furia, indignación, hartazgo, desasosiego. En un salón de hotel con calefacción central, hay quienes sonríen al analizar los efectos de la huelga en el sector del metal de la provincia. Sobre las mesas hay termos con café,  folios blancos y bolígrafos y caramelos de propaganda. En la pantalla grande se proyectan los planos de un super mega parque temático, con logo, eslogan, mascota y banda sonora. El más grande del mundo. El más ambicioso. Dignityland se llama.

Apenas se detienen al llegar a las diapositivas con los gráficos y cifras de gastos, beneficios, subvenciones y predicciones cabalísticas. Es muy aburrido. Mucho mejor el video con recreaciones animadas del futuro proyecto. ¡Es tan realista! Tras el descanso para orinar y fumar, se divierten bajo la lluvia de ideas, debatiendo en inglés todos los pormenores. Habrá norias, montañas rusas acuáticas, tiovivos sobre grúas, auditorios, restaurantes, chiringuitos, bares, gastrobares, superbares, maxibares, retrobares. De camareros, podríamos contratar a los miniempresarios de las empresas auxiliares. Carcajadas. Y a concejales. Más carcajadas. Habrá hoteles –y cabinas de sueño para pobres- y playas individuales sin arena. Caras de entusiasmo y éxtasis inversor. Alguien propone reutilizar una nave de chapa como escuela superior de gestión de atracciones. Otro alguien habla de un instituto para el fomento del entretenimiento plurinacional. Alguien más pedante menciona la creación de un museo con reproducciones a escala de monumentos abandonados y teatralizaciones de la vida cotidiana autóctona de principios de siglo: lateros chistosos, vendedoras de tortillitas de camarones de goma, asustaviejas con traje chaqueta, etcétera. Más carcajadas.

La reunión termina con un ritual de hermandad, con plegarias y libaciones de ginebra. Sacrifican un portátil y un móvil. Imploran a sus dioses que el sistema de mercado no se derrumbe antes de que pongan en pie su proyecto. Y que esto no salga en la prensa. Y se van.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (29 de noviembre de 2021)

Terror mágico

Hordas de esqueletos y otros monstruos mal cosidos emergen de las catacumbas de Pozos Dulces, esas obras ancestrales. Sin prisas, en silencio roto, procesionan con caótico orden por las calles del centro, entre bodegas abandonadas y palacios en ruinas. Un pasacalles macabro, una cabalgata del terror, en busca de presas pecadoras y culpables. Recuerdan aquellas épocas, siglos atrás, en las que se dedicaban a asustar a burgueses despiadados y crueles armadores. Se disfrazaban de marineros ahogados, jornaleras sin espaldas, ratas gigantes y lisas parlantes, se sacaban los ojos y los aplastaban con los dedos como si fueran uvas. Cuanto más truculenta la escena, mejor el resultado. Ahora sus víctimas favoritas son especuladores, cabroncetes corruptos, consejeros delegados de empresas eléctricas.

La ciudad, ya oscura, permanece ajena al desfile amorfo que se esparce como pulpa viscosa por cada rincón. Las personas vivas que están de fiesta y el resto de viandantes no pueden verlo. Los seres espectrales solo se aparecen cuando lo deciden. No se puede ni se debe democratizar el susto; esta es una de sus máximas. Nada que ver con el fantasmeo consumista que impera hoy día, cada día, por todas partes, que aterroriza a cualquier individuo, normalmente de clase trabajadora, con gritos, burlas, palizas, contratos antihumanos, jornadas desalmadas, comisiones atroces. Nuestras hordas, aunque gibosas y contrahechas, creen en la justicia, y no pierden el tiempo en amedrentar a la gente que pierde, a la gente que huye, a la gente que nada tiene. El objetivo es –y de ahí la celebración- ir a por la gente mala. Tornarse tangible, visible, llamar al timbre, esperar a que abran, saludar con voz maltrecha, sacar un machete y abrirse en canal, dejar caer montañas de facturas peludas y sanguinolentas sobre el felpudo, depurar la tráquea con nóminas malsanas… No temas. Deja que el terror mágico se apiade de nuestras vidas, aunque sea el alivio puntual de un día.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (1 de noviembre de 2021)

Bono cultural

En nuestra tierra, el término cultura engloba el arte, los poemas de Alberti, las obras de Muñoz Seca, el habla popular, las exageraciones, los pasodobles de nuestras comparsas, el coqueto museo, el festival de comedias, el cine de verano, los talleres de entretenimiento vecinal, la feria y todos sus componentes y substancias y sucedáneos, la alfombra de sal de Los Milagros, el belenismo, las reuniones de casapuerta, las filas para adquirir una gorra de propaganda gratis, el pescaíto frito, los churros, el olor de los pollos asaos, los restaurantes con aires michelines, los bares que antes tenían serrín en el suelo, las bodegas de vino fino y sus hermanos, las salinas, los domingos apretujados en la playa, madrugadas de pesca en espigón, las corridas de verano con olor a colonia, el riquísimo patrimonio histórico, el abandonadísimo patrimonio histórico (que coincide con el anterior al 94,5 por ciento), las ruinas en viviendas y barrios en ruina, la venta al por mayor de drogas ilegales en mercado comarcal, el quiero una casa en el campo con perros y 4×4 en la puerta, papá, relléname la solicitud, las comuniones descomunales, el escupitajo al BIC, los descampados con rematojos y cajetillas de tabaco vacías, las basuras y escombros en pinares, los polígonos parcelados sin edificar, el desempleo como ritmo vital, el subvencionismo, el aparcacochismo, la infancia en interior de recintos residenciales, los grafitis sobre lienzo de ladrillo encalado, las cacas caninas sobre adoquinado, el botellón, el botellín de las 14h, el pelotazo urbanístico, la trampita en la declaración de la renta, la especulación inmobiliaria, la corrupción del poder.

Tanta cultura no cabe en el bono de 400 euros que propone el Gobierno central para la gente que cumple 18 años. Por eso han reducido el concepto a tres o cuatro términos mercantiles. Así que, chavalería, elegid bien. Amazon y HBO os lo agradecerán.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (18 de octubre de 2021)

El mural de Machado

Está el patio político local muy lento de reflejos. Se cargan el mural homenaje a Antonio Machado en el instituto Muñoz Seca y nadie dice nada. No hay polémica. Ni una voz discordante en los comentarios del Diario digital. Si acaso, alguien que pasa por delante y dice, oh, esto está como recién pintado, qué blanquito. En otros tiempos, la oposición habría saltado como gorila cabreado, esgrimiendo lugares comunes como que ya no respetan nada, vaya desgobierno, qué ignorancia, han cruzado una línea roja, están dando vía libre para que lo vandalicen cuatro descerebrados. Cosas de esas que dicen los partidos cuando tienen que poner el grito en el cielo, en un marco incomparable, escupiendo todas las frases hechas que conocen.

Nada, parece que aquí prefieren dedicarse al despelleje mutuo a través de clásicos gastados como los aparcamientos subterráneos (vaya modita la de hablar de eso, cuando sobran coches por todas partes, y motos, y patinetes), la falta de limpieza pública (¿hay algo más antiguo que quejarse de esto?), la mala organización de la fiesta (la que toque en ese momento, da igual cuál). Buscan aglutinar al mayor número de personas en torno a una buena controversia y ganar posibles votantes, ex votantes y enemistades. No se trata de la originalidad de los temas. Van a tiro hecho. Se ve que con Pemán y Alberti gastaron todas sus energías político-literarias. Si hubieran visto algún videoclip de Machado marcándose un tiktok pues mira, a lo mejor se habrían lanzado al ataque. Está claro que Machado no genera tantos likes.  

A mí es que el mural de Machado me traía buenos recuerdos, de cuando estudié en ese instituto y lo veía al entrar y salir todos los días. No sería una obra de arte ni un BIC, pero tenía su simbolismo y carga sentimental. A ver si, como pretende la dirección del centro, reproducen de alguna manera el mural y me callan la boca, que los fines de semana digo muchas tonterías. Con tal de que no lo dejen abandonado en el río junto al vaporcito…

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (4 de octubre de 2021)

Arcoíris

Mi madre esperó a que se fuera la nube negra que soltaba chaparrones a cada media hora. Esperó a que saliera el sol de septiembre (que tanto nos gusta) y, justo cuando nacía un radiante arcoíris en el horizonte, se subió a él para despedirse de nosotros. No pudo ser más poético. Y no ha sido un cuento para aliviar la pena de sus nietas. Es que fue así, tal cual. Todo fácil. Generosa hasta el último momento.

Ella siempre fue luz y color. Sol y arcoíris. Y así la recordará quien la conociera. Por eso, para evitar la dilatación de su sufrimiento, y el nuestro junto a ella, eligió, valiente y digna, su forma de morir. Acompañada por la gente que la quería. Con música, caricias y risas a su alrededor. Orquestando un réquiem precioso que ahora nos ayudará a seguir adelante. Que nos dará la fuerza indispensable para continuar con sus enseñanzas, que es lo que ella habría deseado. Que seamos luz y color en este mundo, tan a veces gris.

Mi madre no solo nos enseñó a tratar la realidad desde el prisma de lo positivo. Al menos, a mí, me enseñó mil cosas más, y todas a través del amor. A amar a las personas que nos rodean (y la recompensa que conlleva). Amar a la naturaleza, a la playa, al paseo en bicicleta, a la cocina, a la lectura. Me enseñó a priorizar y separar lo importante de lo accesorio. A simplificar y a no dar rodeos estériles. A buscar rápidamente las soluciones a los problemas fáciles. Y ante los difíciles, a afrontarlos con calma y determinación. A no guardar rencor. Pero sobre todo, a celebrar la vida como forma de agradecimiento.

Debemos permitirnos llorar por el vacío que nos deja, pero si ella se ha ido en un arcoíris es para que no se nos olvide la suerte que hemos tenido con ella, siempre. Si no sonreímos a la vida que sigue rodando, no tendríamos excusa: la estaríamos traicionando. Así pues, gracias por todo, madre. ¡Ya no dejarás de nadar en tu bahía y nosotros, aquí, mientras, nadaremos tras tu estela!

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (20 de septiembre de 2021)

Reciclando parkings

Antes, cuando abrías el suelo, te encontrabas con restos romanos, fenicios, árabes, medievales: viviendas, santuarios, fábricas, utensilios, monedas. Ahora, cuando te pones a hacer boquetes, lo primero que ves son aparcamientos subterráneos.

Se nota que la última civilización tenía predilección por estos enormes espacios geométricos y diáfanos, llenos de columnas. Aparecen como grandes ágoras techadas y, la mayoría contaba con varias plantas, rampas en espiral y pequeñas escalinatas escondidas en algún lateral. En muchos casos, se han encontrado restos metálicos, y hasta plásticos pintados, pertenecientes a los llamados coches… aquellos vehículos autopropulsados que fueron el símbolo de varias generaciones durante casi dos siglos. Los estudios más avanzados nos cuentan que, por aquel entonces, no tener coche podía ser motivo de exclusión social.

Paradójicamente, se sabe que los aparcamientos subterráneos proliferaron de manera irracional en los estertores de la sociedad digitalizada. Justo en el momento en que comenzó a decrecer el ritmo de uso de los coches. Justo en el momento en que el mundo se daba cuenta de que la contaminación era un mal plan. Hoy día lo vemos como algo absurdo, pero la gente del siglo XXI debía creer que tener cerca un aparcamiento subterráneo, fuera privado o público, le garantizaba una vida aceptable y digna. Allí se guardaban sus transportes familiares (qué pequeñas eran las familias en aquella época), dispuestos en orden como tumbas en cementerios. Si parecen templos, por algo sería. Ocultos, oscuros, sobrios. Lo más probable es que estos enclaves bajo tierra se fundamentaran en conceptos religiosos, místicos o mágicos, para la población.

El debate, como siempre, es si merece la pena conservarlos para su estudio y admiración, o sepultarlos para siempre. Lo que tenemos claro es que no nos sirven ni para cultivar ni para pescar. ¿Tendrán buena acústica para reconvertirlos en auditorios como las canteras de San Cristóbal?

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (19 de julio de 2021)