*CONEXIÓN CASTILLITO*

Expandir el tiempo

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 05/12/2016
Adoquines

Adoquines

Más que adelantarse en el tiempo, lo que hacen es expandirlo, como hacen con las obras en cada salida de la ciudad. A modo de calendario cuántico, nuestros prebostes fruncen los meses para romper la línea espacio-tiempo que va desde mayo hasta la Bahía. También lo hacen por envidia, por subirse al carro de la moda, o simplemente por ganarle al vecino. Hasta creo que lo hacen para remover el dinero de un lado para otro, que viene bien aunque huela mal. Pero, da igual el motivo, lo que a mí me interesa es lo de expandir el tiempo, el concepto, sus implicaciones metafísicas y estéticas, y sus consecuencias psicobiológicas sobre nosotros, mamíferos.

La carrera por encender el alumbrado, por ejemplo, -El Puerto ha sido el primero en hacerlo, chúpate ésa, vecino – hace que hablemos de fiestas navideñas en plena resaca del Thanksgiving Day. Hasta el punto de que cuando llega el Black Friday, la peña ya ve los turrones en las montañas de un futuro Walmart, sin acordarse de cuando menospreciaban Halloween por ser de origen -equivocadamente- estadounidense. Y no sólo el tiempo de adviento y epifanía se expande gracias a la voracidad caótica del mercado y al afán previsor de nuestros administradores públicos: también, a día 5 de diciembre, víspera del Constitution Day, se oyen ya los pasodobles de Carnaval y alguien hasta murmura sobre el certamen de bellos coquineros. Se habla, no podría ser menos, de la Holy Week, que ésa sí, permanecerá ubicua entre nosotros, aquí y en muchos pueblos a la vez, ahora y en abril; y no como el Monkey y el Shorty, que se han desestacionalizado en el espacio, sin percatarse probablemente de que han relativizado a Einstein y a Sthephen Hawking de una tacada.

Con todo esto, lo que nos queda es, en resumen, una cara cansada, ansiosa y descompuesta por ver cómo nos pliegan los meses del año ante nuestras narices, sin que implosionen los días (Implosion Day) ni revienten las horas, sometidos todos a tanta presión globalizada, ahora eternamente cíclica.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (5 de diciembre de 2016)

Somos tan

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 21/11/2016
construcción

construcción

Somos tan holgazanes que el despertador siempre se aburre de cantar antes de que nos despertemos. Somos tan vagos que, para buscar trabajo, dejamos el currículum en el portal de casa, por si pasa algún empresario condescendiente y lo recoge. Somos tan chistosos que la gente por la calle se descojona de nosotros incluso cuando sacamos dinero del cajero automático. Somos tan exagerados que normalmente pagamos las facturas por triplicado. Somos tan malhablados que no podemos pronunciar palabras como gónadas o alopecia. Somos tan incultos que siempre hemos pensado que la capital de España estaba en el Bernabéu y que el Guadalete era el río más caudaloso de Europa.

Somos tan aficionados a la fiesta que nuestros tanatorios tienen que ofrecer lotes de ron, con hielo, refresco y vasos de plástico, para conservar su clientela. Somos tan amigos de los bares y de sus camareros que las propinas nos las dan ellos a nosotros. Somos tan alegres que en los exámenes de conducir cantamos siempre la canción de “y cuanto más acelero, más calentito me pongo”, con la esperanza de seducir al examinador. Somos tan dicharacheros que la rana Gustavo, a nuestro lado, parece locutor de Radio Clásica. Somos tan charlatanes que las paredes han acabado aprendiendo nuestro idioma y sus formas dialectales.

Somos tan de secano que cuando vamos a la playa no nos bañamos para no gastar agua. Somos tan contrabandistas que no sabemos lo que es un centro comercial y ni mucho menos lo que es el IVA. Somos tan guarretes que cuando escupimos generamos nubes de lluvia ácida. Somos tan tribales que solo permitimos bailar sevillanas a las mujeres y ver fútbol a los hombres. Somos tan tradicionales que todavía preferimos recurrir a las palomas mensajeras antes que al whatsapp para enviarnos recados. Somos tan brutos que, en realidad, nos gustan las corridas de toros porque no tenemos elefantes a mano en nuestras dehesas.

Dicen que somos muchas cosas, sí, pero… ¿quiénes somos nosotros? ¿Y ellos, quiénes son ellos?

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (21 de noviembre de 2016)

Rastros verduzcos

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 07/11/2016
algas

algas

Oh, gran Cthulhu, que yaces eternamente bajo los océanos, explícanos por qué has estado todo este tiempo engañándonos a todos, incluido a tu propio dador de vida, el maestro H.P. Lovecraft. Nos hiciste creer que dormías en alguna fosa insondable del Pacífico, en la más morbosa oscuridad y silencio, esperando durante eones el desenlace de tu paciente letargo. Oh, gran Cthulhu, con tus barbas tentaculares, pies palmeados y garras amorfas, nos despistaste entre relatos de náufragos y sortilegios marinos y ahora vienes a demostrarnos que no, que no estás tan lejos de nosotros.
Son tus rastros verduzcos, que vas dejando alineados por la orilla de la playa de Vistahermosa, los que te delatan. Vecinos preocupados, como mis padres, ven cómo tus excreciones corrompen la arena húmeda y atraen a las lisas a darse un festín en el rompiente de las olas. Gurús de la técno-política tratan de ocultarte, como siempre, bajo el manto de la analítica: son algas microscópicas, no hay indicios de bacterias fecales, no huelen ni emiten gases. Pero los que conocemos tu misión más allá del tiempo y del espacio, sabemos que esa espuma mohosa que está apareciendo en las playas portuenses es el testimonio evidente de tu presencia en los fondos lodosos de la Bahía, entre la Punta de San Felipe y la base de Rota.
No hay depuradoras, gambas, ni conjuros suficientes en nuestra costa que sean capaces de filtrar toda la inmundicia que generamos y depositamos en lo hondo del mar. Por eso, ahora comprendo que toda esa bazofia era para ti, oh, gran Cthulhu, alimentando durante siglos tu monstruoso cuerpo escamoso. Si lo hubiéramos sabido, nos habríamos ahorrado las discusiones por los aparcamientos o la subida de impuestos. Pero ya sé que ahora despertarás, te alzarás decenas de metros por encima de nuestras cabezas y, justo antes de destrozarlo todo de un manotazo primordial, por fin gritarás al mundo: “¡Ar karaho tó, iá, kohone!”.  Y nosotros, litúrgicamente, responderemos: “Ar karaho, oh gran Cthulhu”.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (7 de noviembre de 2016)

Un campus excelente

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 24/10/2016
hojas secas

hojas secas

Se me encasquilla el cerebro al leer eso de que están construyendo un Campus de Excelencia Profesional de Formación en Turismo, en el Madrugador (¿alguien sabe llegar hasta allí?, ¿no había otro sitio?): digno escenario para películas de terror estudiantil, como la Escuela de Ingeniería de Puerto Real. A parte del escalofrío geográfico, mi mente se clava como una estaca, y de ahí no sale, sobre las palabras campus y excelencia. ¿Quién se inventa esos nombres? Es la retórica de los listillos, con milenios de antigüedad, y sigue tan presente que da repelús que eliminen de los institutos las asignaturas de latín, filosofía, historia y todo cuanto te permita pensar y aprender a pensar. ¿Las han eliminado ya?

Nos tratan como a estúpidos o somos estúpidos y por eso nos tratan así. Es duro el dilema. A veces, me quedo extasiado ante la batalla interna que se produce en el ring de mi cabecita, a tres asaltos. Al que hace tres, suena la campana y mi raciocinio se tira a la lona y cuento hasta diez. Fin del combate, y me pongo a pensar en otra cosa más trivial, como las cacas de perro, o los negocios que surgen por ahí, espontáneamente, sin problemas de licencias. En cosas así pienso para no caer en el dilema, pues los dilemas son una gran herramienta de los listillos con poder, para así entretenernos durante esa pequeña parte del día en la que nos da por reflexionar. Buscan embelesarte cuando mencionan el Campus de Excelencia, como cuando dicen que están revisando los impuestos. El resto del día, claro, ya estás entretenido y puedes pasártelo trabajando, buscando currelo, cazando mariposas en el móvil o leyendo noticias sobre alimentos milagro.

Después, es gente normal. Me refiero a los listillos que te tratan como si fueras imbécil. Debe ser gente normal. Seguro que se ponen pijama para dormir. ¿Te imaginas a un político en pijama? ¿Un pijama fucsia? ¿He dicho político? ¿Usarán pantuflas? ¿Me estaré volviendo imbécil? Debe pasarme por no haber pisado nunca un campus de excelencia.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (24 de octubre de 2016)

Me llaman Edusi

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 10/10/2016
seco

seco

Me llaman Edusi, Fondos Edusi, y sólo los políticos, técnicos y algunos periodistas saben quién soy. El resto, bah, nada, ni idea. Ni repajolera, vaya. Pero si les digo que reparto millones a los pueblos para que hagan cosas guay, ya prestarán atención, verás. Tilín tilín, el sonido que les hace alzar la cabeza y separar la nariz de las bacterias de su pantalla táctil. Tilín tilín. Sí. Reparto millones, sí, de euros, has escuchado bien, pero no a todo el mundo le llega, que a tanto no llega mi magnanimidad. Vosotros, portuenses, por ejemplo, me habíais pedido quince pero solo puedo entregaros diez. Y podéis daros con un canto en los dientes, porque mira Cádiz o Chiclana, que se han quedado sin mi graciosa generosidad. No por nada, sino porque, como es de suponer, hay que seleccionar. Si luego los pueblos agraciados quieren compartir, que lo hagan, yo no me opongo. Pero yo selecciono, con criterios asesorados por mis asesores, que para eso les contrato. Tú fíjate en el gordo de Navidad, que no le toca al pueblo entero sino al que compre cupón o participación. Hala, al azar, vámonos que nos vamos, como si el esfuerzo no mereciera recompensa en este mundo. Pues yo elijo a quien se lo merece o, directamente, a quien me venda la moto, con casco incluido. No voy a lanzar los milloncejos al aire para que los pueblos se peleen entre sí, en guerras fraticidas, como si fueran… como si fueran… lo siento, no puedo decirlo, que me meten un paquete por herir la sensibilidad de alguien, seguro.

Pues ese soy yo: Edusi, Fondos Edusi, europeo, como vosotros, con asesores en Madrid. No tengo amigos pero todos me adulan cuando les conviene. Luego, otros se enfadan. Si os sigue picando la curiosidad y queréis saber algo más de mí, arrojad mi nombre al google y leed.

Así que, mientras leéis, ahí os dejo el cheque. Brindad por mí mañana. Y eso, que si queréis compartir, como buenos pueblos hermanos, ya es cosa vuestra. Pillines, que os veo ya la cara de avariciosos. A ver qué me construís.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (10 de octubre de 2016)

De parques infantiles

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 26/09/2016
cerrajero

cerrajero

Entonces, ¿por qué voy? Con eso de que tengo hijos pequeños, ahora me ha dado por ir a los parques infantiles. Y cada vez me gustan menos. Yo no fui a ningún parque infantil, ¿sabes? En mi época, solo había toboganes oxidados y columpios en un par de restaurantes, y se iba a la playa a llenarse de arena, a la explanada a llenarse de arena y polvo, al pinar a llenarse de arena, polvo y resina, o a la calle, a ensuciarse uno las rodillas, raspárselas, desollárselas y llenárselas de cáscaras de pipas, cubiertas de miles de bacterias endemoniadas, probablemente soviéticas. (Ya, Pepe Mendoza, tú lo habrías descrito mejor, pero como has dejado de colaborar en esta sección del Diario, ahora soy yo quien dará la brasa con mi pretérita infancia, en la que yo veía en la tele reposiciones de las series que tú veías de estreno).

Por donde iba, que ahora que voy a los parques infantiles, me digo que nunca me han gustado por cuanto tienen de destructores de creatividad y de helipuerto para padres (uso el masculino genérico latino machista patriarcal neutro para aligerar) que cronometran el tiempo de juego en cada aparato y que incitan a sus hijos a lanzarse por el tobogán, agarrándolos de un brazo, como muñecos de trapo, descoyuntándolos para protegerlos de la caída a los abismos.

A los niños, claro, les parece simple decoración las botellas, las montañas de colillas, los envases de ketchup y los envoltorios de hamburguesas. No les molesta. A mi, toda esa porquería con etiqueta de marca me molesta, como si me atacara un paquete de multipublicidad encubierta. Pero a los padres de mi edad les molesta más y entonan frases que envejecen a cualquiera, maldiciendo a quienes ensucian ahora los parques infantiles, pioneros en usarlos cuando fueron críos (¿tú fuiste alguna vez a uno?).

Cada vez que los escucho hablar así (qué juventud, es que es…), envejeciéndonos, menos me gustan los parques infantiles, justo ahora que me ha dado por ir, con eso de que tengo niños pequeños. Entonces, ¿por qué voy?

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (26 de septiembre de 2016)

De los grillos al cole

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 12/09/2016
piedrecillas

piedrecillas

Los grillos me hacen pensar en septiembre, que representa la playa tranquila, virginal y fresca, y el adiós, conductores prepotentes con prisa. Esa playa sin bulla que me lleva al recuerdo de la infancia. Ese recuerdo donde terminan las sandías y los lentos desayunos, que desembocarán pronto en el desayuno nocturno. ¡Cada vez amanece más tarde! Me llega el olor a forro sobre libro nuevo y limpio. Ese libro huele a inicio del curso escolar, que es septiembre. Y ese frenesí previo a la vuelta al cole suena a pesadilla en la tienda de ropa (¿no se podía comprar ropa de invierno en otra época del año?).

Porque septiembre es inicio del curso escolar. El curso escolar es sistema educativo. El sistema educativo es una pura mierda y solo lo salvan docentes intrépidos, la gran adaptabilidad del ser humano y ciertos conocimientos que se quedan ahí, pegados al pellejo de la mente como piojos encantadores. Esto es: Parménides, el arjé (escrito en griego queda estupendo), ponendo ponens, los dodecaedros, Ruffini y los logaritmos neperianos, la cuarta y la quinta declinación (¿no podían conformarse con sólo tres?), el sistema linfático y las trompas de Eustaquio, el suplemento y el predicativo y la sinécdoque (ay, el polisíndeton), el peróxido y el hipoclorito (qué lindo), los kiloherzios, los almohades, Amadeo de Saboya, la carta puebla, el Canon de Pachelbel, los crótalos, Juan Valera y su Pepita Jiménez, las Cartas Marruecas de Cadalso, el reported speech y los phrasal verbs, el salto del plinto (sus castas) y el test de Cours-Navette (esa maldita bocina), el río Gállego, la fosa de las Aleutianas, la tundra y la teoría de Malthus…

Septiembre es mi excusa para hablar del sistema educativo. Que huele a forro de libro nuevo (¿a tablet?). A tienda de ropa, a probador sudoroso sobre jersey de lana. Septiembre que son las últimas sandías y el fin de los lentos desayunos. Y septiembre es, no se olvide, playa tranquila, virginal, fresca y adiós, conductores con prisa. Y los grillos.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (12 de septiembre de 2016)

Diáspora y sus esporas

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 29/08/2016
pelota

pelota

Hay esperanza. Hay gente que organiza espectáculos, actividades culturales y otros devaneos irrentables, desrentables, antirrentables. Hay gente que participa, que crea, que se ilusiona, que produce, que construye, que deconstruye, que representa, que interpreta, que compone, que escribe, que recita. Hay gente que ve, que oye, que graba, que disfruta, que capta en imágenes, que atiende, que toca, que palpa, que huele, que vuela. Hay gente, todavía, que reclama la esperanza. Hay gente que suelta y esparce las esporas necesarias, fundamentales, para que la cultura no se pierda: la cultura crítica, no la otra (la de los desperdicios en las playas, en la tele, en los escaños y en los dispositivos móviles, por ejemplo).
Con pocos recursos, poquísimos, con grandes esfuerzos, grandísimos, con inmensa pasión, inmensísima, los de Diáspora, esta semana, me han recordado, una vez más, que quedan pocos, que son (somos) pocos, pero somos y estamos, los que existimos luego pensamos, como diría un Descartes ebrio. Y por eso, hay esperanza. Los de Diáspora, pero no solo ellos, sino los cuatro que cantan unas bulerías en la casapuerta de su casa; los tres chavales que, sentados en un banco del parque, improvisan sobre una base de hip hop pregrabada; los que montan un festivalete rockero; los que van al cine de verano… y así algunos locos más que, se den cuenta o no, siguen diseminando las esporas de la esperanza.
Claro que hay gente que no, como siempre, como toda la vida. Mucha. Más. Mucha más. Hay gente que pone trabas casi por gusto. Hay gente que cree que el artista vive del aire y no merece remuneración por su esfuerzo. Hay gente que lo ve todo cutre a su alrededor, porque su Facebook es mucho más amplio, inodoro y seguro. Hay gente a la que le molesta todo esto. Gente que protesta. Hay gente a la que le va mal que unos pocos locos lean, produzcan, creen, compongan, interpreten y por tanto piensen. Pero, ay, hay esperanza. Las esporas se lanzan y siempre sale algo.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (29 de agosto de 2016)

Aparcar es un placer

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 15/08/2016
patatas

patatas

Vino porque le habían dicho que aquí era una odisea aparcar. Y él estaba ávido de odiseas, ilíadas y hasta eneidas. Era lo que se dice un aventurero, hastiado de una vida fácil en la gran ciudad, con sus transportes públicos cómodos y puntuales. Sabía que El Puerto no era único en esto, pero ya que era verano, rodeándose de playas y playeros, se planteó con ilusión este genial reto vacacional.

Le habían hablado del afán de sus habitantes por dejar el coche en la puerta de la panadería para comprar el pan. Puso en google ‘aparcamiento’ y ‘El Puerto’ y se encontró con polémicas históricas cada vez que construían un parking o que eliminaban plazas en el centro pseudopeatonal. Aparecieron también apasionantes historias sobre las zonas naranja, ahora canceladas, las zonas de aparcacoches humanos, los tiques de a euro, las bolsas alegales en la Feria, los vados clandestinos en la playa… Incluso, le habían hablado de la siempre grata doble fila por la parte alta de Valdés o en la avenida del Ejército; todo con un aire muy madrileño. “Un auténtico parque temático del aparcamiento”, exclamó al llegar. Era lo que él buscaba: sentir en sus carnes, y en la temperatura del motor, el placer de buscar un hueco con más dificultades que jugar al Tetris a ciegas. “Para aparcar con facilidad me voy a un pueblo”, manifestaba nuestro protagonista. “A mí, lo que me gusta es sudar y revolverme en el asiento escuchando el cláxon del prójimo, que grita ¡ahí no cabe!”.

Por eso, flipó en colores con la experiencia piloto que se había puesto en marcha en varias calles estrechas del centro, por la cual los coches irían aparcando en zig zag, obligando a los conductores a realizar un eslalon continuo para disminuir la endiablada velocidad del tráfico. “Es una maravilla: esta gente debería promocionar su Aparcapuerto de Santa María como gran atractivo turístico y dejarse de tantos eventos culturales”, sentenció justo antes de irse a Cádiz a probar la zona azul, que también tenía su aquél.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (15 de agosto de 2016)

El suelo que crece

Posted in Artículos by Alejandro Barragán Luna on 01/08/2016
araña

araña

El hospital protagonista de Riget, la serie de terror-humor de Lars Von Trier, se hunde poco a poco pero inexorablemente. Las losas del suelo se van soltando, rompiendo, sin que la gente se percate del proceso. El terreno, maldito, se quiere tragar esa construcción moderna sin importarle lo que en ella se haga. Pues aquí está sucediendo algo parecido, aunque más que hundirse la ciudad, es el subsuelo el que crece para tragarse todo lo que sobre él se edifique. Yo lo veo. Mira bien.

Hay quien cree que todo se debe al afán por horadar el subsuelo, o por la ineptitud de los que plantan árboles que no son los adecuados, pues sus raíces tienen hábitos destructivos, inhumanos, faltos de ética -curiosamente como la naturaleza en sí misma-. También hay quien dice que los socavones, grietas y asfaltos degradados son síntoma de la malísima calidad de los materiales empleados para cubrir la tierra, permitiendo que circulen vehículos o nuestros pies inocentes durante unos pocos años, hasta que se contratan arreglos y parches económicos. Como siempre, están los que lo reducen todo a la moral del negocio y la rentabilidad.

Sin embargo, parece que nadie advierte que la tierra, inmortal, no entiende de cifras, préstamos ni licitaciones. La tierra, como el mar, habrá de sobreponerse a lo que hacemos los humanos con ella, tarde o temprano, y aquí ya está ocurriendo. Como en la serie danesa, somos las víctimas de una maldición y una venganza asocial contra nuestra soberbia antinatural. Las plazoletas resquebrajadas lloran y nadie las escucha. Las aceras son violadas desde abajo y nadie les presta atención. Los cruces crujen pero nadie los oye.

Puedes caerte, tropezarte, pero siempre acusarás a quien puso el suelo, al arquitecto, al técnico municipal, al político, al prestamista, al fabricante de adoquines y losas. Incapaces que somos de oír el lamento de la tierra que, bajo nuestros pies, quiere devolverlo todo a su desorden original.

Y si me estoy equivocando, al menos, mola imaginarlo.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (1 de agosto de 2016)