*CONEXIÓN CASTILLITO*

Tener talento

Posted in Artículos, Reflexiones by Alejandro Barragán Luna on 21/10/2019

calcetinesEsta noche, una joven portuense, hija de amiga y compañera de gremio, participa en un programa nacional que se llama Got Talent, que yo nunca he visto, pero, oye, es para enorgullecerse. Otro colega acaba de estrenar su propia obra de teatro en Londres, la cual dirige y protagoniza él solito. Tengo amigos y conocidos que reciben premios literarios de renombre. Los tengo que triunfan con su música en Japón, Sudamérica o Barcelona. Gente que baila para rabiar. Campeones con diversidad funcional. Cineastas, pintores y artistas gráficos que son unos máquinas. Conozco gente con gran habilidad para diseñar alpargatas y ases de la cocina haciendo sushi o albóndigas. Hay quienes sobresalen en la biología, en la enfermería, en la docencia escolar, en los estudios antropológicos. Hasta tengo amistades talentosas en el uso del Tinder. Y hay, cómo no, quien muestra un enorme talento para hacer chapús en un santiamén, cultivar acelgas con destreza, limpiar retretes afanosamente, tender la ropa sin que se agujeree, criar vástagos sin sufrir estrés (o con estrés, qué más da). Talentos que alabo y que respeto profundamente a pesar de lo que sufren en la precariedad del momento, las estrecheces, la temporalidad, el ninguneo.

Claro que si le damos la vuelta al escaparate, nos podríamos dar un chocazo de frente con otros talentos más inmediatos, cómodos, rentables a corto plazo pero feos: Talento para gestionar mal, construir mal, pagar mal, contratar mal, insultar y agredir, acallar, desalojar, para horadar suelos, pudrir patrimonios, embolsillarse contratos rarísimos, para redactar planes de ordenación urbana enfangados desde el principio, para reconocer el plagio de una tribuna libre dentro de otra tribuna libre. Yo qué sé. Hay talento pa to.

La Bahía siempre ha sido tierra de talento, vale. Incluso yo tengo talento para hacer tortilla de papas, lo admito. Pero, a ver, contestadme, ¿sabéis a cuánto se paga el kilo de talento del bueno? ¿Cotiza en bolsa? Pues eso. Seguid pensando en el turismo.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (21 de octubre de 2019)

Olegario el voluntario

Posted in Artículos, Relato by Alejandro Barragán Luna on 23/09/2019

despachoOlegario el voluntario es de los que empezó apuntándose, año tras año, a limpiar de expedientes el espigón del Ayuntamiento, acompañando a gente con conciencia desinfectante. Al principio, también participaba en batidas multitudinarias para recoger licencias de apertura desperdigadas por la playa y pelos de plástico en las rotondas cuando se atascaba la depuradora. Una vez se unió a una patrulla rural ciudadana cuando aumentaron los robos hipotecarios y de perfiles de Instagram. Colaboraba en misiones de café y bocadillo para concejales en eternas noches electorales.

Seguramente, sería de los que se alistan en los comandos de ayuda ante desastres futbolísticos, llevando voltarén y vaselina a las víctimas. De los que trabajan en cadena con los vecinos para sofocar manifestaciones mediante baldes de agua, tal y como ha visto mil veces en la tele.

Si su amigo candidato le pide que eche una mano doblando servilletas para su boda, ahí estará Olegario el voluntario. Si un mago reclama un ayudante sin contrato, Olegario será el primero en levantar la mano. Que hay que pagar más impuestos para, por ejemplo, rescatar a los gatos en bancarrota, pues ahí estará él, con el monedero bien abierto. Que hay que repintar los grafitis-bici y no hay presupuesto, llámale y verás qué eficiente es con la brocha.

Olegario es un sol. Olegario es tierno. Olegario tiene una prótesis de platino en la parte alta de la espalda de tanto cariño que recibe de sus semejantes. Olegario, aun siendo gregario, tiene amigos por todas partes. El sistema está encantado con Olegario y viceversa. A lo mejor, incluso, cogen la calle Vicario y le cambian el nombre por el suyo. Sin embargo, nunca, nunca, nunca, y eso ya lo tiene más que asumido, por mucha voluntad que ponga, nunca le subirán el salario. Porque entonces, en vez de Olegario el voluntario, más de uno, haciendo el chiste fácil, le llamaría Olegario el compañero precario. Y eso, la Administración no se lo puede permitir. Sería un desprestigio.

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (23 de septiembre de 2019)

Johnny Gorrilla (y IV)

Posted in Artículos, Relato by Alejandro Barragán Luna on 26/08/2019

carne(Viene del capítulo anterior) El reportaje incluía extractos de las conversaciones que tuvo la periodista en prácticas con los personajes de esta historia. Por ejemplo, había uno de Cindy, la sirvienta del señorito de siete años que decía así: “Yo pensaba que los espías eran elegantes, guapos y que llevaban una pistola en el sobaco. Con licencia para matar. Y resulta que este tío a lo mejor no tenía ni licencia para aparcar”. Continuaba diciendo que conservaba aún todos los papelitos que le fue dando Johnny Gorrilla aquel verano, con aquellos números y esas palabras escritas en un idioma imposible. “Te los enseño, mira, aquí están”, le decía a la entrevistadora.

Por su parte, el repartidor de publicidad destacaba la meticulosidad del aparcacoches para rellenar su informe y entregarlo a una hora exacta todos los días. Luego apuntaría: “Me despidieron de la empresa de buzoneo y a los quince días me contrataron en el chiringuito, de camarero. Claro, me tuve que hacer el loco para que el aparcacoches con pinta de yonqui no volviera a darme la brasa con sus hojitas. Era meticuloso, sí, y muy pesado”.

El señor Askydefa Ajakëdig (no dejaron desvelar el nombre del patriarca del sucio Seat del 98) solo dijo cuatro palabras a la periodista: “Ese tío estaba loco”. En cuanto a la jefa, no hay testimonios, pues fue imposible dar con ella.

De Johnny Gorrilla destacaban varias declaraciones: “Yo no sé por qué el señor Ajakëdig se puso así conmigo. Solo le pregunté si me dejaba llevarle la nevera o el bolso hasta la arena”. Y luego: “Con la pajarraca que se montó en la playa, cuando vi que llegaba la policía, supuse que me habían descubierto”.

El reportaje terminaba con unas palabras esclarecedoras de nuestro protagonista: “Me dejaron tirado. Ni rastro de la jefa ni del maletín. Todo se esfumó. Y eso que cumplí con mi trabajo. Está claro: no volveré a aceptar un trabajo de espionaje subcontratado a través de una empresa de trabajo temporal. Son unos impresentables.”

FIN

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (26 de agosto de 2019)

Johnny Gorrilla (III)

Posted in Artículos, Relato by Alejandro Barragán Luna on 12/08/2019

clase de palomas(Viene del capítulo anterior) Un día, entrado agosto, el levante se cabreó con los mesetarios y jodió la mañana a todo el mundo. Casi todos los coches volaron y Johnny Gorrilla se quedó solo en la balaustrada de la playa. Su mirada se posó sobre las únicas personas que quedaban en la arena. Era la familia del sucio Seat azul del 98 y alguien más. Se lo contó así a la periodista que le entrevistó años después: “La jefa nunca me lo explicó, pero acabé entendiéndolo todo. Aquella familia venía de incógnito, eso estaba claro. Y obviamente su patriarca venía a reunirse con alguien importante en medio de la playa, donde nadie les podría escuchar ni grabar lo que tramaban. De qué hablaban, no me importaba. Yo solo quería el maletín que me habían prometido por el trabajo”.

Cogió su libreta y escribió un mensaje codificado para la jefa. “Objetivo identificado. No hace falta apuntar más matrículas. Preparado para la siguiente fase”. En realidad, Johnny no sabía si había siguiente fase o simplemente era una suposición práctica. El caso es que ahora sólo tendría que esperar a la noche para entregarle el informe a Cindy, la sirvienta, a la hora de sacar la basura, tal y como venía haciendo ya en las últimas semanas sin cruzarse una palabra. Todavía era mediodía, pero ante la despiadada levantera y la falta de clientes, nuestro aparcacoches decidió darse un descanso en su trastero-hogar.

Entonces, desde una esquina, vio que llegaba una persona en la bicicleta del repartidor de publicidad desaparecido. No. Era él. Era el mismísimo repartidor: su contacto, el experto en buzoneo. Johnny Gorrilla se le quedó mirando perplejo. Como siempre hacían al verse, arqueó las cejas. Sin embargo, el otro hizo como que no le vio y pasó de él. Encadenó la bici a la barandilla de las escaleras y bajó a la playa, en dirección al chiringuito. Johnny se vio obligado a informar a su jefa, vía Cindy. Sacó la libreta otra vez y añadió a su mensaje codificado: “Creo que tenemos un topo”. (Terminará en 15 días)

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (12 de agosto de 2019)

Johnny Gorrilla (II)

Posted in Artículos, Relato by Alejandro Barragán Luna on 29/07/2019

muralla

(Viene del capítulo anterior) Un día de finales de julio, Johnny Gorrilla había apuntado tres matrículas nuevas en su libreta: un Focus lleno de barro, un Corsa con lepra y un milagroso Doscaballos de los 80. Además, a lo largo de la mañana, ayudó a cuarenta y seis veraneantes en la ardua tarea de aparcar en un solar asfaltado. Saludó con un quillaqué a Cindy, la criada del déspota de siete años que bajaba todos los días a la playa bien peinado. Y mitigó su hambre con unos churros fríos que le obsequió una aristócrata que llegó en un limpísimo carruaje cuatro por cuatro. Incluso, tuvo un altercado con el dueño de un Mercedes, en cuyo parachoques trasero brillaba un rasguño en forma de serpiente reptante. El propietario le recriminó su falta de vigilancia. Tiempo después, Johnny recordaría su respuesta: “Disculpe, no soy vigilante, yo solo ayudo a aparcar”. El hombre le soltó un guantazo genial, revestido de la autoridad indiscutible de quien está de vacaciones frente a la gente que trabaja sin corbata. Y Johnny, escuchimizado como siempre, no pudo defenderse. La jefa se lo tenía prohibido, explicó a la periodista.

Todo eso pasó y el repartidor de publicidad en bicicleta no aparecía. No tenía a quién darle la información. La libreta empezaba a quemarle en el bolsillo. Esperó y esperó hasta que al final de la tarde, nervioso, hambriento y con ganas de orinar, Johnny decidió volverse a su particular tonel de Diógenes, tres calles más allá.

Hacía unos años, tras perder el trabajo, la casa y la pareja, Johnny Gorrilla construyó su hogar en el trastero de uno de los cientos de chalés vacíos de la zona. Enfrente había una inmensa casa gris, de donde justo en aquel momento salía la criada de aquel tirano de siete años. Cindy estaba sacando la basura y se cruzaron las miradas. Ella arqueó las cejas. Y entonces, el aparcacoches se sacó su libreta, arrancó la hoja y se la dio a la sirvienta. La mujer volvió a subir las cejas y cada uno tiró para su lado. (Continuará en quince días).

Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (29 de julio de 2019)