Persiguiendo a Moody
Moody, agente calificador y elegante caballero, corre por la calle Larga, despavorido, pues cree que le va la vida en ello. Sabe donde esconderse, pero primero ha de zafarse de los seis agentes que le pisan los talones, porra en mano y grito en el cielo. Se oyen sirenas por todo el centro. Moody ya ha perdido el pendrive por el camino, allá por la esquina con Misericordia, cuando tuvo que lanzárselo a uno de sus perseguidores. También ha perdido la americana que tanto le costó y las llaves del audi. A Moody, aún corriendo hacia la calle Cielo y con el aliento en los pies, le queda la corbata cruzándole el cuello, flameando sobre su hombro derecho.
De pronto, plas, al suelo. Pun, puntapié en el costado, de refilón. Como quien no quiere la cosa. La zancadilla ha sido efectiva a pocos metros de encarar Santa Clara. Moody yace en el asfalto, rodeado de seis agentes que le exigen la documentación. No he hecho nada dice Moody con acento como de otro país, y me has dado una patada. Yo sólo he usado la fuerza indispensable para reducirle, le contesta en perfecto castellano el agente.
Si no me das la documentación, te llevo esposado, ¿entiendes? Claro que Moody entiende. Su plan de esconderse en el cementerio y alrededores le ha fallado. Alguien dice algo de vandalismo y edificio público y centro cívico aún por inaugurar. Creen que es él. Tiene toda la pinta. Qué llevas encima. Moody, acatando la orden del guardia, se vacía los bolsillos, depositando sobre un adoquín unas cuantas viviendas ilegales, un par de especuladores automáticos, un polígono vacío, las llaves de seis fábricas, tres móviles, varios cheques millonarios y un pañuelo bordado en oro. Las viviendas se las puede quedar, le informa uno de los agentes, pronto podrá regularizarlas como si nada. El resto, lo requisamos.
Y ahora, por favor, le piden a Moody que firme en el papelito amarillo. El elegante caballero y agente calificador firma nervioso. No es capaz de entender la cifra de la multa, pero se da cuenta de que, a partir de ahora, tendrá que trabajar duro si quiere pagarla. Y encima, ha perdido las llaves y tendrá que volverse en el Comes, con lo mal que miran los pasajeros del Comes a los agentes calificadores.
Publicado en El Alambique, Diario de Cádiz (13 de enero de 2012)

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