El padre, la niña y el rey
Ese padre que sale del Breska o como demonios se escriba, con una gran bolsa de marca en una mano, y su hija de cinco años (aprox.), cogida de la otra. De repente, la niña le tira del brazo, abalanzándose hacia delante, corriendo hacia a uno de los miles de tres reyes magos que estos días se reparten por calles y centros comerciales por un pequeño jornal, y gritando papá papá, mira el rey mago. El rey mago reparte caramelos o algo parecido a los niños que se le acercan jovialmente. La niña sueña con abrazarle tiernamente y pedirle un millón de cosas. Tira fuerte del brazo de su padre. Pero su padre, tratando de sacar de sí mismo su máxima responsabilidad paternal, suelta duramente un “a ese ni te acerques, que es el que no me da trabajo”.
Misteriosa moralidad la del padre anti rey mago, que, con la bolsa de marca en la mano, hurga con crueldad en la ilusión infantil de su hija. En cambio, asombrosa es la inocente perspicacia de la jovencita: ¿se lo has pedido? Es evidente que el padre hace años que no escribe cartas a los reyes magos; justo desde que empezó a salir de las tiendas con bolsas de marca. Ahora, no podrá dormir, ese padre abrumado por su respuesta perversa y, a la vez, por la inteligencia de su hija.
No, no se lo he pedido, piensa ese padre atormentado, en voz alta, para que todos los que estamos alrededor lo demos por supuesto. Menos su hija, que hace como que no escucha.
La niña tira un poco más fuerte que el padre, que empuja en dirección contraria, hasta que consigue pasar de refilón junto al compasivo abrigo monárquico, justo lo necesario como para obtener un rico caramelo de naranja casi dulce. El rey mago no le da tiempo a ver los ojos de la niña, pero sigue con la mirada su brazo, unido a otro brazo adulto, más largo, que se extiende hasta la cabeza del padre, ya vuelto de espaldas. Un padre atormentado, con bolsa de marca en la mano, que no quiere ni mirar la fantasía que desprende su pequeña y sigue su camino hacia delante.
Que alguien, por favor, me explique la condenada moraleja de este episodio verídico navideño, porque yo, a estas horas, no se la encuentro y el texto se me acaba.
Publicado en El Alambique, Diario de Cáiz (16 de diciembre de 2011)

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